Sobreexplotación, por un lado, y mala gestión, por otro. Ésas son las dos razones principales que los científicos esgrimen a la hora de dar una explicación a la caída en picado que ha sufrido la producción de almeja gallega -las variedades fina y babosa-, una interpretación en la que apenas tienen peso las cenizas que llegaron a los arenales después de los incendios del pasado verano.
Uxío Labarta, experto en fisiología y cultivo de moluscos bivalvos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), subraya que el retroceso sufrido por la producción de almeja autóctona el pasado año -un 25% menos de babosa, y un 1,3% de fina- constituye sólo un peldaño más en una trayectoria descendente que se detecta en la extracción de esos bivalvos desde hace, al menos, diez años.
Resurge la almeja rubia, sí. Pero su mayor presencia en las lonjas gallegas se debe, precisamente, a la escasez de las otras dos variedades autóctonas, mucho más rentables que ésta, que alcanza menos precio, tiene la carne más dura y es más difícil de extraer, puesto que se encuentra a entre 15 y 20 metros de profundidad. Eso es, al menos, lo que sostiene Alejandro Pérez Camacho, investigador del Instituto Oceanográfico Español (IEO), que incide en que es una «sobreexplotación grande», especialmente en el caso de la almeja babosa, lo que se lee tras esa gráfica de producción descendente.
Pérez Camacho sostiene que «la talla mínima de extracción está muy próxima a la de supervivencia de la especie». Esto es, se está sacando almeja del mar sin darle tiempo a reproducirse más que una vez, con lo que no se deja llegar a la especie a su maduración ni a su talla y, por tanto, el tamaño de la especie va decreciendo. Pero en lugar de aumentar los milímetros para permitir el crecimiento de la almeja, lo que se hace es «pedir la rebaja de la talla mínima, con lo que se agrava el problema».
Una mayor resistencia a las enfermedades y un más rápido crecimiento son las fortalezas de la almeja japónica, una especie foránea, con carné de Filipinas y Japón, que no sólo se ha aclimatado bien a Galicia, sino que, además, está en alza a niveles productivos: el año pasado se comercializó un 33% más que en el 2005.